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Hablando con neutros

E- hablando con neutros

Como se habla se piensa. El lenguaje determina nuestra forma pensar y de expresarnos. No sé si tanto de sentir, pero casi diría que también, ya que tendemos a estructurarnos por dentro en función de los conceptos que tenemos de las cosas, indudablemente determinados por las palabras que los definen.

El castellano ha sido calificado de lengua “machista” porque generaliza con el masculino, y sexualizada ya que la mayoría de los objetos -materiales e inmateriales-, tienen género masculino o femenino, que habitualmente viene determinado por las terminaciones o y a respectivamente. Esto parece que no ha creado demasiados trastornos a les castellanoparlantes hasta hace relativamente poco tiempo, momento en que muchas féminas y grupos feministas empiezan a rebelarse contra este estado del lenguaje. Pero la modificación de un idioma es un asunto arduo que requiere de un tácito consenso y uso sostenido en el tiempo para consolidarse. Difícilmente puede producirse de un modo artificioso o forzado, ya que si no es asumido por la mayoría de les hablantes, especialmente de las nuevas generaciones, quedará en un intento o en una moda pasajera. Bien es verdad que los cambios en el lenguaje se aceleran cuando son introducidos por los grandes medios de comunicación, ya que se les presupone un uso correcto, culto y actualizado del lenguaje.

Así las cosas, estamos en una encrucijada lingüística impulsada por la lucha feminista[1] que reivindica su derecho a figurar entre las generalizaciones y pluralizaciones de la lengua castellana. En este contexto hay distintas apuestas sobre el uso del género en el discurso: una de las fórmulas  más utilizadas es el -os/-as (ejemplo: compañeros y compañeras), junto con el uso más frecuente de las palabras persona y gente. Otro recurso es el de feminizarlo todo para así visibilizar a la mujer, a veces hasta límites ridículos (ejemplo: portavoza, ya que la palabra voz es femenina). Y otra opción, a la que esta autora está recurriendo, es a la construcción de un neutro en nuestro idioma. ¿Por qué? Porque me gustan los neutros y porque en el mundo al que aspiro el sexo de las personas será una cuestión secundaria. Por tanto, me gusta respetar las palabras que de por sí son neutras en nuestra lengua, como las de algunas profesiones -periodista, equilibrista, juez, fiscal, sastre-; o la de algunos adjetivos –solvente, dependiente, sonriente, lábil, dúctil, amable, flexible, etc.-; y algún que otro vocablo más.

Por otro lado, me resulta farragoso introducir en el discurso el –a y el –o todo el tiempo para que nadie se ofenda. En mis primeros artículos, al ser escritos, utilicé el recurso de la x pero posteriormente me he animado a modificar las terminaciones de género plural por la letra e. Llevaba tiempo pensándolo pero no me decidía, hasta que di por casualidad con un blog feminista[2] en el que utilizaban este recurso y me animé a usarlo yo también. He sufrido alguna crítica por ello, especialmente de un amigo al que no le gusta nada: dice que parecen erratas y que afecta a la fluidez de la lectura. Creo que tiene razón, es lo que sucede con los cambios, que inicialmente desafinan pero no veo otro modo de darle un giro al lenguaje. Si encuentro otro modo que me encaje más lo utilizaré.

No obstante, habrá observado el lector atento, que desde que arranqué con la e no en todos los textos he utilizado esta terminación para generalizar o pluralizar. Esto tiene su porqué, aunque en esta ocasión me reservo las explicaciones. Por el momento seguiré neutralizando con la e, a falta de una idea mejor.

 

[1] También por la exagerada introducción de vocablos ingleses.

[2] O de una feminista. He tratado de encontrarlo para poner el enlace pero no doy con él, no me acuerdo del nombre.

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